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La importancia de no repetir errores

febrero 23, 2011

Esta es una carta abierta a todos los madridistas, o al menos, a aquellos que quieran leernos y hacer suyas estas recomendaciones. Como bien dijo Nicolás Avellaneda, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.

Volvió el Real Madrid al maldito cruce de octavos. Y como el azar es caprichoso, el bombo quiso emparejar su bolita con la del Olimpique de Lyon, su escollo en los últimos años, el equipo al que no ha vencido nunca. Y para no romper con la tradición, empató a uno. Y ahora vienen las recomendaciones.

A los pesimistas: el empate es un gran resultado. Y, además, justo. El Madrid, por primera vez, llega al Bernabeú con ventaja frente a los franceses. Y ya hemos visto lo máximo a lo que puede aspirar este Lyon: poner las cosas difíciles a los blancos. Bien es cierto que el Lyon fue mejor que el Real Madrid durante el primer tiempo y la última fase del segundo, pero si los blancos hubiesen acertado en el remate al comienzo del segundo tiempo, la eliminatoria estaría sentenciada. Claro, que éstos serán los menos.

A los optimistas: el empate es un gran resultado. Y, además, justo. El Madrid estrelló dos balones en los palos y el árbitro le birló un claro penalti por manos de Delgado. Pero la realidad es que el Real Madrid fue peor que los franceses durante el primer tiempo, hasta que los blancos comprendieron que si igualaban el empuje de los franceses, a igual intensidad, ganaría la calidad. Y ahí hay pocos equipos que puedan ganar a los blancos. Pero tras el gol, el Madrid bajó la línea de presión y cedió el balón a los lyoneses, que no perdonaron. Un empate justo que además otorga una ligera ventaja a los blancos, que además son mejores. Pero ojo, optimistas (los que más), el pasado ha demostrado que ser mejores sobre el papel no garantiza el éxito. Y para eso no ayudan mucho declaraciones como las de Cristiano Ronaldo antes del partido de vuelta, así que no confundamos optimismo (necesario) con soberbia.

A los realistas: el empate es un gran resultado. Y además, justo. El Madrid ganó en calidad, pero perdió en intensidad. Pudo ganar el partido, pero también pudo perderlo. Dominó al Lyon y le creó varias ocasiones claras de gol, con dos palos incluidos, pero también pasó muchos minutos sin inquietar a Lloris. Casillas no tuvo que intervenir demasiado, pero si los franceses tuvieran más mordiente arriba podrían haber hecho más daño al equipo blanco. Señores realistas, la eliminatoria está ligeramente favorable al Real Madrid, pero aún queda trabajo por hacer. La ventaja es que los blancos ya conocen el camino.

Para terminar, me gustaría resaltar dos aspectos que nos deja el partido. El primero de ellos, lo inútil de los dos árbitros asistentes que se encuentran tras la línea de meta. No sólo no aportan, sino que restan. Si no estuviesen, el árbitro habría estado mejor colocado en el lanzamiento de falta de Cristiano desviado por la mano de Delgado, y hubiese señalado penalti. Parece cómico ver cómo la UEFA se empeña en mostrarnos en sus publicidades las claras ventajas que ofrecen estos dos árbitros extra, cuando son los propios colegiados los que nos demuestran que no son válidos.

El segundo de ellos, sobre Adebayor y Benzema. El debate sigue abierto, pero ni restemos importancia al trabajo del primero y sobrevaloremos el del segundo. Adebayor tiene un físico que le permite fajarse con los centrales, recibir de espaldas y aguantar el balón y devolverlos con garantías. Pero sus compañeros no deben abusar de este aspecto. El togolés recibió más veces de espaldas que con posibilidades de encarar, y desgastó a los centrales en un trabajo que se tornó estéril porque coincidió con los peores minutos de los blancos.

El segundo hizo un gran gol. Salió y en la primera que tuvo marcó. Y ya. Ahí se acabó Benzema y el juego ofensivo del Real Madrid. El francés tiene detalles de gran calidad (como el gol en Sevilla o el de ayer), pero debe ofrecer mucho más. Es lo mínimo que hay que exigirle al 9 blanco. Debe ser más constante en su esfuerzo y más decisivo en más fases del encuentro.

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Más expectación que fútbol

febrero 16, 2011

Llega mediados de febrero, y llega la Champions. Y para abrir boca, dos duelos más igualados de lo que, a priori, se podría decir sobre el papel. Empezaremos por el que más nos atañe, que al final es el que todos vimos.

Llegaba a Mestalla el sabor de las grandes noches. Tras varias temporadas de ausencia, volvía la magia de la competición europea. Y de la competición europea de verdad. Esa que aún sabe a vieja Copa de Europa. Los cruces. Y con él, un clásico de este torneo: Raúl González y su Shalke 04. Un equipo, sobre el papel, al que poder jugarle de tú a tú con garantías de éxito. Y en esas, comenzó el partido. Y en esas, también, terminó la expectación y comenzó el fútbol. Un fútbol intenso, con vértigo, de ida y vuelta, pero escaso de juego. Un partido que retrató a dos equipos que tienen un equipo de medio campo para arriba y otro muy distinto de medio campo para abajo.

Porque el Valencia es un conjunto completamente partido, con velocidad, vértigo y desborde en los últimos tres cuartos de campo. Pero con una zaga imprecisa, sin salida de balón y desbordable por alto y por bajo. Todo ello a pesar de los esfuerzos ofensivos de dos laterales que se incorporan con peligro, pero descuidan su espalda de forma alarmante.

Enfrente, un Shalke con una defensa sin experiencia europea, sin curtir en las grandes citas. Y para colmo, todo ello aderezado con Metzelder, uno de esos jugadores que sufren el rarísimo síndrome que parece que acechan a varios jugadores alemanes (Podolski, Klose, etc). Todos ellos, indispensables en la selección, no terminan de despuntar en sus equipos, ni en competición europea ni en su campeonato doméstico. Pero con una delantera con pegada, y unas bandas de las que parte el mayor caudal de su juego ofensivo (además de las jugadas a balón parado).

Pero ambos adolecen de aquello donde nace el buen fútbol: el mediocampo. El Valencia, con un Ever Banega falto de ritmo por las lesiones, y un Tino Costa desaprovechado durante más de una hora por estar escorado en banda, pierde creación. Si además, renuncia a los extremos (su seña de identidad desde hace años), pierde la profundidad y moja la pólvora de sus dos delanteros. Topal es un centrocampista correcto, tácticamente ordenado y que cumple, pero no marca diferencias.

El Shalke, por su parte, tras la salida de Rakitic al Sevilla, fía su juego en la velocidad de Farfán y las asociaciones que sean capaces de tirar Raúl y Jurado, porque Huntelaar es un killer, y como tal, absolutamente nulo en la creación de juego.

Así que, por más que Sergio Sauca se empeñara en decir que el Valencia había sido superior, la realidad es que el empate fue un resultado justo porque, si bien deja abierta la eliminatoria, pone con una ligera ventaja al Shalke, que al fin de al cabo fue el que más probó a Guaita.

Del otro duelo, el Milán – Tottenham, nos gustaría hablar. Decimos nos gustaría porque la plantilla del equipo londinense es digna de análisis. Con la mejor versión de Van der Vaart, con una delantera como Crouch y Defoe que ofrecen varias alternativas, y todas ellas buenas. Con un Lennon que es la versión mejorada de Walcott, profundo, veloz y con criterio. Con un centro del campo en el que Kranjcar y Modric marcan diferencias. Y con uno de los mejores laterales izquierdos del mundo, Gareth Bale.

Y decimos nos gustaría hablar, porque no lo vamos a hacer. El descarado carasucia es un blog de fútbol, hecho por amantes del fútbol (con debilidades y fobias, pero amantes del deporte rey) y en el que se habla de fútbol. De buen fútbol y de mal fútbol. De fútbol de élite y de fútbol de campos de tierra. Y por eso, el espectáculo protagonizado por jugadores y cuerpos técnicos sobre el césped de San Siro, durante y después del partido, no puede tener cabida en el fútbol. Y por tanto, no puede tener cabida en este blog.

Y por ello, Gattuso, tampoco.

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El abismo del centrocampista unidireccional

enero 26, 2011

El futbolista más decisivo del Real Madrid es Cristiano Ronaldo. El más desequilibrante, posiblemente, Di María. El más imaginativo, el que mejor se asocia, es Ozil. El más esperado es, sin duda, Kaká. Pero todos esos nombres componen el motor de un equipo que asoma al mes de enero al ralentí, capado en sus revoluciones por los avatares de una batalla intestina entre el palco y el banquillo que se alimenta del silencio presidencial. Todos, CR7, Di María, Kaká y Ozil tiran del equipo hacia delante, consiguen que el conjunto blanco recorra metros en la estela del Barcelona, pero la tuerca que mantiene unida la mecánica sólo tiene un nombre: Xabi Alonso.

Ante el Mallorca, el partido debió olerle a gaseosa a Mourinho. El portugués corrigió el desajuste en la zona atacante después del patinazo de Almería, y otorgó a Benzemá una mínima opción de redención ante un estadio que corea el nombre de otro. No debe ser fácil para el francés escuchar los ecos holandeses desde la grada, no sentir el calor del público en una semana en la que ya le atizó Kaká, y en la que multiplicó el efecto del golpe Mourinho. Se acabaron las probaturas en la punta de lanza, pero se trasladaron las hipótesis al eje. El técnico portugués miró de reojo a la Copa y se olvidó del conjunto de Laudrup. Sentó en el banquillo a Xabi Alonso y el Madrid estuvo cuarenta y cinco minutos asomado al abismo del centrocampista unidireccional.El donostiarra es el eje más importante en el juego del Real Madrid

Granero y Gago salieron cogidos de la mano en la pizarra de Mou, formando un doble pivote de circunstancias. Entre los dos no consiguieron conjugar el verbo con el vuelo que alcanza el discurso del medio centro donostiarra. Granero está obligado a reinventarse porque desde los despachos le ponen tachuelas por delante a su progresión normal y evidente. Es un centrocampista con llegada, con buena pegada y con facilidad para encontrar el gol, pero cuando su espalda está más cerca de los centrales que su frente de la defensa rival se convierte en un pasador previsible, un driblador arriesgado y frío, un futbolista unidireccional.

El caso del argentino es mucho más preocupante. Hubo portadas y artículos a cientos que ponían a Gago a la altura de Fernando Redondo, y el mayor damnificado de ese dispendio de disparates fue el propio centrocampista. El argentino es un aglutinante modesto, un futbolista correcto en la entrega y generoso en el ofrecimiento, pero es un elemento de transición demasiado fugaz. Aseado técnicamente, Gago es el cinco habitual del centrocampismo argentino, el encargado de dar el primer pase: ése que traslada el balón del central de turno al futbolista imaginativo, sin lanzar improperios ni trazar raíces cuadradas.

Ambos futbolistas se superponen. Los dos se ofrecieron a los centrales pero no encontraron el ofrecimiento de los atacantes. Ambos acularon al Madrid atrás en la circulación y contribuyeron a partir el centro del campo blanco. Kaká no apareció para desatascar, y el primer tiempo del Real Madrid ante el Mallorca careció de la continuidad que ofreció en el segundo acto. Por aquel entonces ya pisaba el césped un elemento diferente, un futbolista cercano con la vista puesta en el horizonte. Xabi Alonso centró la mira y el equipo empezó a pivotar. La sola presencia del donostiarra sirvió para armonizar a un equipo que, aun así, no terminó de tomarle el pulso al encuentro. Pero el Madrid encontró la normalidad.

El primer balón que tocó Xabi Alonso fue un lanzamiento en largo, cruzado, a la carrera de Cristiano en la izquierda. Un solo envío del vasco sirvió para bascular de manera anormal al Mallorca, que dio un paso atrás en la presión por un motivo evidente: el peligro del balón a la espalda era ya una realidad.

Exagerando, estaría bien colarse en el vestuario blanco. Las botas de Xabi Alonso estarán gastadas. El empeine, erosionado, casi tanto como el interior del pie. Un poco menos el exterior. En las botas de Fernando Gago podrás leer la marca en el exterior. Quizá pueda terminar un curso con los mismos cordones que cuando inició. El interior, en cambio, delata el uso de las botas. Porque ese uso sintomático de la parte interna del pie es el elemento diferenciador del centrocampista unidireccional.

PD: Este post tenía que versar sobre el fútbol, el que cada domingo sobrevive a duras penas en los campos pequeños, con restos de barro, con tierra de tacos marcada en los azulejos del vestuario. Pero no. Lo hemos aplazado por un sencillo motivo: la Cultural Leonesa se presentó a jugar ante el Zamora. ¿Un motivo para la esperanza? Probablemente no. Pero optaremos por el silencio mientras dure la agonía…

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En el momento adecuado, en el lugar adecuado

enero 19, 2011

Mayo del año 2000. Ciudad Deportiva del Albacete Balompié. Se disputa el partido de ida de la fase de ascenso a la Liga Nacional Juvenil. Sobre el césped, el Fundación Albacete y la Escuela de Fútbol Solíss de Toledo. En la grada, además de los aficionados albaceteños y algunos de los padres de los jugadores desplazados desde Toledo, estaban los jugadores y una parte del cuerpo técnico del Cristo de la Vega de Socuéllamos. La razón era bien sencilla: el ganador de ese emparejamiento conseguiría el ascenso directo, pero el perdedor jugaría aún una reválida con el conjunto socuellamino. Mediada la primera mitad, con el Solíss presionando en campo contrario, el Albacete roba un balón y uno de los chavales, desde la izquierda, dispara a portería desde el centro del campo. Su disparo se marcha fuera por poco pero, entre los improvisados ojeadores, la respuesta es unánime: “es muy bueno”.

Fue la primera y la última vez que vi jugar en directo a Carlos Pérez. Era, como casi todo el equipo, juvenil de primer año. El año siguiente, después de lograr el ascenso con el conjunto albaceteño, se saltó varios escalones: fue directamente al equipo de División de Honor y de ahí, al equipo de Segunda División, donde debutó bajo las órdenes de Paco Herrera. Su talento no pasó desapercibido y pronto uno de los grandes clubes llamó a su puerta: el Valencia de Rafa Benítez se hizo con sus servicios, y el chaval albaceteño recaló en el filial. Carlos Pérez había estado en el momento adecuado en el lugar adecuado.

Pero en el fútbol, eso, normalmente no es suficiente. La promoción de una marca deportiva anuncia que en este mundo hay 265 millones de futbolistas, pero sólo un puñado de ellos alcanzan el máximo nivel. Carlos nunca llegó a debutar con el primer equipo, aunque sí que estuvo convocado en alguna ocasión para disputar algunos encuentros en la Copa de la UEFA. Desde el trampolín valenciano fue internacional sub 19 y sub 20, pero… ¿por qué nadie le recuerda? ¿dónde está ahora?

Aquella mañana del lejano mes de mayo (¿o era por la tarde?), Carlos Pérez tenía la única ilusión de conseguir el ascenso a la Liga Nacional Juvenil. Esa ilusión la compartíamos muchos de los que nos reunimos aquel día en la Ciudad Deportiva del Albacete. Pero, en el fondo, como todos, soñaba con llegar algún día al primer nivel. No lo consiguió, pero se quedó a un paso.

La trayectoria de Carlos Pérez desde entonces anuncia un trabajador del fútbol, un chaval con excelentes recursos técnicos que, a sus veintisiete años recién cumplidos, trata de seguir haciendo lo que más le gusta. Después de rescindir su contrato con el Valencia, se marchó al Alcoyano. Quizá era el momento de olvidar el primer nivel y centrarse en jugar domingo tras domingo, disfrutar del fútbol. Después vinieron el Eldense, el Casteldefells, y el Alcorcón, hasta que decidió buscarse la vida en otro país, engrosando la nómina de españoles que optan por el exilio en busca, quizá, del reconocimiento internacional que la feroz competencia les negó en su país. Su aventura en el Spartak Trnava eslovaco fue seguida, incluso, por algún programa de televisión.

Ahora, Carlos Pérez ha vuelto a casa. Después de algunos problemas en la rodilla, el pasado año volvió a sentirse futbolista allí donde los focos no apuntan, donde sigue habiendo tierra en los campos y los vestuarios mantienen los azulejos blancos en los que las botas se marcan cuando uno se sacude el barro después de una tarde de invierno. A mitad del curso fichó por La Gineta, en el grupo XVIII de la Tercera División, y en su primer partido hizo dos goles.

Están a punto de cumplirse diez años desde que vi a aquel futbolista chutar desde el centro del campo cuando todo el mundo pensaba en no perder; apostar por el atrevimiento cuando mandaba la táctica, la pizarra. Esa mañana, o aquella tarde, Carlos Pérez, con diecisiete años, se ató las botas en el vestuario de la Ciudad Deportiva, en un banco de madera, para jugar contra el Solíss de Toledo. Este domingo, diez años después, volverá a dejar la bolsa sobre las baldosas de un vestuario angosto de paredes blancas a causa de la cal. Se atará las botas justo antes de pisar el césped de El Olivar, en Piedrabuena, para jugar su primer partido del curso con el Villarrobledo. Seguro, que, a su manera, le temblarán las piernas antes del pitido inicial, soñando con otro domingo para hacer algo grande.

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Santiago ¡¡y cierra España!!

enero 11, 2011

Como para eliminar algo de la tensión que requiere un momento como ése, Pep tuvo la mala suerte de extraer del sobrecito dorado la cartulina al revés, y toda la platea se enteró antes que él de que el Balón de Oro de 2010 iba a parar a manos, o a los pies, mejor dicho, de Lionel Messi. Iniesta y Xavi, los otros dos finalistas, aplaudieron mientras su compañero subía a recoger un trofeo que cristaliza la sensación generalizada de que ese pequeño argentino puede marcar una época. Luis Suárez miraba al cielo, obligado a cargar un año más con el Olimpo a sus espaldas: único futbolista español que ha obtenido el galardón. Duró el aplauso unos segundos, porque lo que vino después fue fuego en las redes sociales, clamor en Internet en contra de lo que muchos calificaban como “una injusticia”, y que Rubén Uría, en su blog, apostilló como “la injusticia más justa de la historia”. Y cómo se lo pasaron algunos a la hora de rajar, oiga…

Vaya por delante que servidor quería que el Balón de Oro fuera para Xavi. Siempre defenderé que el mediocampista de Terrasa es el que más ha aportado al fútbol actual de cuantos jugadores pisan los distintos campos de todo el mundo. El fútbol de Xavi es sublime, perfecto, un manual tras otro de precisión, ideas y criterio como no recuerdo igual. Escribe un directorio de perfecta interpretación del juego en cada partido que juega. Nunca se equivoca. Es genial. Sentadas las bases del post en su complemento más subjetivo, ahora toca hablar de la desproporcionada reacción de todos aquellos que se sintieron ninguneados con la decisión de la FIFA. A buenas horas.

No hace mucho hablamos del criterio que sigue el organismo que dirige (negocia con) el fútbol mundial en su toma de decisiones. Pero la denominación de Leo Messi como Balón de Oro 2010 no justifica el arrebato nacionalista exacerbado que se vivió en las redes sociales en la tarde de ayer. Por mucho que sea verdad que la FIFA ningunea a España, por mucho que sea verdad que los españoles lo merecían incluso más que el astro argentino. Que a nadie se le olvide que sólo lo hemos ganado una vez porque hasta este año los votos dependían de una revista francesa. Y, aunque esté feo decirlo, los triunfos españoles no caen muy bien en el país vecino.

Los nominados al balón de oro 2010 (fuente: adnogen.blogspot)

Pero ahora, analicemos las incongruencias de ayer. Porque España entera clama por una sola, pero lo cierto es que hubo muchas. Quizá no tantas. Quizá más que justificadas. Porque todos pensábamos que la victoria en el campeonato del Mundo garantizaba el galardón los españoles apoyados en un hecho: Fabio Cannavaro se llevó el balón de oro (las minúsculas son adrede) en 2006 por capitanear a una Italia sólida y fiable, con pinceladas de buen fútbol y un puñado de suerte, que se coronó en una final extraña ante la Francia de Zidane. La FIFA consideró que premiar a Cannavaro era una forma de premiar a Italia ese año, pero se saltó todo lo razonable. Por méritos mundialísticos, el premio debería haber ido para Materazzi: jugó al lado de Cannavaro en el eje de la zaga, hizo goles importantísimos (el tanto en la final fue suyo) y fue decisivo a la hora de restar talento en Francia. Pero claro, no quedaba bien dárselo a un tipo provocador, al antifútbol. Todos lo vimos normal.

Y por eso clama España. Si una vez el Mundial pesó tanto, ¿por qué no pesa ahora? Pero claro, tras la protesta se esconde algo más… detrás del enfado hay mucho del color individual, y el que lo quiera negar, miente. Gran parte del madridismo se sentiría incluido dentro del Balón de Oro si se le hubiera dado al Xavi de la selección, al Iniesta de la selección. Pero el galardón de Messi excluye esa posibilidad. Quizá por eso, aunque la sorpresa fue generalizada, la indignación fue mucho más selectiva, y los exabruptos más importantes fueron paridos desde el área oeste de la casa blanca. Aquellos que no hace mucho hablaban de ‘Messidependencia’ y decían que el Barcelona sin Messi no es nada, ahora, cuando los premios les dan la razón, afirman justo lo contrario: que Messi sin Xavi no juega, que Messi sin Iniesta es un futbolista más, que la importancia de Messi en su equipo no es capital. No tardará el viento de la actualidad en virar de nuevo la veleta de sus opiniones, y recuperarán argumentos ahora obsoletos para convertirlos en axioma.

Porque, si hay que tener en cuenta el Mundial como argumento de peso superlativo, ¿por qué no sorprende que Mou sea galardonado por delante de Del Bosque? Yo, para evitar suspicacias, considero sorprendente el premio de Messi, y justo el de Mourinho: recuperó al Inter para el panorama europeo, para el fútbol mundial. Otra más: si el Mundial tiene que pesar, ¿qué hace Diego Forlán fuera del once mundial de 2010? El uruguayo fue elegido (también por la FIFA) como mejor jugador del Mundial, marcó un gol decisivo en la prórroga de la final de la Europa League dándole a su equipo el título, y fue supercampeón de Europa con el Atlético de Madrid. Pero no está en el once de la FIFA. Sí está, en cambio, Cristiano Ronaldo: en blanco respecto a títulos, fuera del Mundial en octavos. ¿Nadie clama por esto? ¿No hay indignación ni tirones de pelo por esto? Pues no, por una sencilla razón: Cristiano Ronaldo es mejor futbolista que Forlán. Cambien el nombre del uruguayo por el de Müller: finalista de Champions, semifinales en un Mundial en el que fue máximo goleador. Más de lo mismo.

¿Es Messi mejor que Xavi e Iniesta? Posiblemente. De hecho, es el mejor futbolista del mundo. Si no es mejor que ellos es, por lo menos, tan bueno como ambos. Ahora, media España, sobre todo la España blanca, odia al argentino por una decisión que él no ha tomado, por algo de lo que él no tiene la culpa. Clama España contra la FIFA por su insignificancia como la Alemania de entreguerras lo hacía por el papel que le había otorgado Europa. Podemos sentirnos defraudados. Podemos pensar que la decisión es controvertida, debatible, cuestionable y sorprendente. Pongan en la lista los calificativos que quieran. Pero, ¿injusta? Se ha premiado a un futbolista superlativo que va camino de marcar una época. Se quedó en cuartos en el Mundial… pero, visto de otra forma, llevó hasta cuartos a un equipo entrenado por Maradona, ¿no?

Messi, balón de oro 2010 (fuente: theawesite.blogspot)

España ganó el Mundial. Su fútbol encandiló al mundo. Como lo hace cada domingo Xavi. Como lo hace cada domingo Iniesta. Como lo hace cada domingo Leo Messi. Éste podía haber sido nuestro año, sí, pero el galardón ha ido a parar al mejor jugador del mundo, quizá no al mejor de 2010. Es una decisión más tomada por un organismo demencial que, por una vez, ha errado con cordura. No hagamos de esto una cuestión patriótica. No nos salgamos de madre. Leer ayer las redes sociales daba para escribir un manual de reacciones desproporcionadas. ¿Sorprendidos? Sí ¿Decepcionados? Quizá. ¿Ultrajados? Ni mucho menos. En unos días Xavi, Messi e Iniesta volverán a jugar juntos y nos recordarán, una vez más, que este deporte nace y muere en el césped, y que la música de los juglares está muy por encima de las decisiones que se toman en los castillos. Aunque algunas de esas decisiones no sean del todo desatinadas.

PD: En boca de muchos están Sneijder y Robben. Gran temporada ambos, pero también cómplices de la encerrona preparada para que España sangrara la final del Mundial. Muchos deciden olvidar que ellos también secundaron la ‘estrategia’ holandesa en Johannesburgo. Por cierto, de los seis votos que otorgaban el seleccionador y el capitán holandeses, tres fueron invalidados. Jugar sucio no es algo puntual, por lo visto.

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Russia, twelve points

diciembre 3, 2010

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

Nos quedamos sin Mundial. El país cuya selección mejor ha tratado a esa esfera de cuero que dicta la sentencia en lo que al terreno de juego se refiere tendrá que viajar a la estepa rusa para tratar de tocar con la punta de los dedos, otra vez, la historia. De las soleadas playas de Río de Janeiro a los enormes oleoductos subterráneos que atraviesan kilómetros y kilómetros desiertos, llenos de frío y trampas. El fútbol se expone al trastorno bipolar, al destemplamiento absoluto en cuatro años en los que cambiará el sol y la samba por los gorros de pelo y las marchas militares. Y la FIFA, mientras tanto, haciendo caja, algo que, oiga, en los tiempos que corren, no está de más.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

Me acuerdo un día como hoy de nuestro común amigo José Luis Uribarri. Tardé años en conocer el nombre de esa voz que un sábado de mayo nos explicaba por qué nuestra canción, que este año sí era buena, se iba a quedar en el grupo de atrás de un festival predecible que condecoraba, y condecora, un año sí y otro también la canción que más se acerca al pop que puedan parir de cualquier manera los artistas del este de Europa. No sabía cómo se llamaba, pero cuando oía esa voz en algún sitio más allá del eurovisivo festival, decía ‘ése es el de Eurovisión’.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

Hoy, ya digo, me acuerdo de él. Si hubiera sido su voz la que hubiera narrado la ceremonia que ha tenido lugar hoy en Zúrich, me hubiera encantado que hubiera traducido, ahí al final, eso de ‘Russia, twelve points’, mientras un montón de ex espías que tienen el dinero por castigo y el petróleo por profesión se abrazaban a un futbolista misógino que parpadea en Inglaterra al abrigo del cañón de los ‘gunners’. El Mundial de 2018 lo organizará Rusia, y el de 2020 se jugará en Qatar, un país de extraordinaria tradición futbolística que ya ha prometido que los estadios que monte serán desmontados después de la cita para trasladarlos a países que no conocen el fútbol, y hacer prender en esas poblaciones la pasión por un deporte del que no han oído hablar. Y la FIFA, mientras tanto, haciendo caja, que nunca está de más.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

Por partes. Es cierto que deberíamos intentar potenciar el fútbol, llevarlo a un montón de países que no lo conocen. Si una organización de un evento de semejantes características va a servir para que un país se revitalice, adelante. Que no les tiemble el pulso. Pero no. Detrás de las decisiones de esos tripones encorbatados que se descojonan de risa viendo sus extractos bancarios mientras decenas de chavales se dejan la vida en el fútbol amateur porque las cuotas federativas impiden que su equipo pueda comprar un desfibrilador sólo hay una pulsión: el dinero. Así de claro, así de simple.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

Ceremonias como la de hoy son una muestra más. Un grupo de representantes de tamaño organismo se pasean por los diferentes países, a gastos pagados, se alojan en hoteles de cinco estrellas y comen en restaurantes caros, viajan en vuelos charter y son agasajados con cientos de parabienes mientras cobran una salvajada en dietas para… ¿qué? Para emitir unos informes sobre seguridad e instalaciones deportivas que luego se pasan por la piedra. Por eso, nos vamos a ir a jugar un mundial dentro de cuatro años a un país en el que en las últimas semanas han muerto miles de personas en la guerra de las favelas, con estadios en muchas ocasiones antiguos, escasos en medidas de seguridad y carcomidos por los orines en sus vigas; para, cuatro años después, jugarnos el título de campeones del mundo en otro país, en la otra orilla del mundo, donde la mayoría de los terrenos de juego son de césped artificial y aquellos valientes que han aguantado el pasto natural, el de siempre, son auténticos patatales.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

No digo, ojo, que no se lo merezcan. No digo, ojo, que no haya que darles la oportunidad de que el fútbol sirva como excusa para lograr la paz social, para impulsar la economía, para revitalizar el país. Pero es que eso no va a ocurrir. Dos semanas después de que España levantara la Copa del Mundo, la mitad de los estadios de Sudáfrica estaban tomados por las vacas, otros tantos volvieron a ser sedes de rugby y la gente es igual de pobre que era antes por una sencilla razón: la FIFA es el trilero por excelencia del nuevo siglo. Monta el tenderete en la esquina, da cuatro pases mágicos y se lleva la pela. Luego recoge la mesa, y se va a otro lugar.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

En 2014 será Brasil. Para entonces, un país que crece al 9% anualmente debe ser paradigma de seguridad. El problema vendrá cuando la FIFA se dé cuenta de que todas las selecciones, todos los jugadores, asistentes, entrenadores y periodistas no caben en los dos hoteles de Copacabana en los que ellos se alojaron, y que quizá no haya daikiris para todos. Tendrán, por fuerza, que acudir a zonas deprimidas, con altos índices de delincuencia o a sedes que, cuatro años antes de la gran cita, sólo existen en el papel. Después iremos a Rusia, a probar las bondades del césped artificial, a rezongar en el abrazo de Abramovich mientras la tropa tirititera que hoy celebraba su designación en Suiza mueve los hilos de una población donde la prensa disidente es perseguida y los políticos de oposición asesinados.

¡¡Clink, clink!! Habla la FIFA, gana la banca

Después vendrá Qatar. 2022 será otra historia. Allí, probablemente, no habrá problemas de seguridad. Todo serán sonrisas en un país que pocos conocen y no muchos van a visitar. Tocará, como hace años en un mundial juvenil, coger a la población autóctona y darle banderitas de los países para que pasen al estadio a animar. No hace mucho vi por televisión a un muchacho de tez morena, con turbante, desgañitarse mientras apoyaba a sus ídolos de Japón, bandera en mano, en un mundial en Arabia Saudí. Hace años que sabemos que estas decisiones se toman por motivos políticos. No somos tontos. Señores de la FIFA, no nos hagan pasar por idiotas. No monten la escena y llenen de parafernalia un momento decidido de antemano que sólo beneficia a sus bolsillos. Hagan como Uribarri, que nunca trató de ocultar su desazón con las votaciones de un festival más que predecible. Déjense de viajes, de informes y de presentaciones de candidaturas. Cojan la lista y digan, sin sonrojo, aquello de ‘Russia, twelve points’… y ríanse… pero no de nosotros.

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Noventa minutos eternos

noviembre 30, 2010

Estuvimos hasta cinco días preparando el menú del clásico, y aún tardaremos otros tantos en digerirlo, pero lo cierto es que el encuentro sólo duró noventa minutos, aunque fueron eternos. Infinitos para la memoria del barcelonismo, que guardará el choque en el cajón de las reliquias con las que regalarse los ojos cuando vengan mal dadas (que vendrán); interminables para los otros, para el madridismo, incómodo desde el inicio del encuentro, embutido en un traje menguante que asemejaba la tela del mejor esmoquin pero que una hora y media después apenas era un guiñapo. Alejados de la batalla dialéctica de la previa, el Barcelona fue mejor que el Real Madrid. Mucho mejor que el Real Madrid. Con el foco puesto únicamente sobre el césped, la distancia se antoja sideral.

Es cierto que Real Madrid y Barcelona están a años luz del resto de equipos de la Liga Española, pero como el fútbol no es matemática y dos más dos nunca son cuatro, esa diferencia con el resto no equipara el potencial de ambos. Nadie imaginaba que Mourinho pudiera invertir en cuatro meses una supremacía que dura dos años, pero como la guerra fría de medios se ha lanzado descaradamente a una escalada de tensión en primeras páginas, entre todos alumbraron esa sensación ficticia, y a todos les ha reventado en las manos. Si el fútbol dicta sentencia, el Barcelona maneja el guión.

El triunfo del pasado lunes es incontestable. Por el fondo, por las formas y por más que se le den vueltas a un partido que sólo tuvo una lectura: el Barcelona se aplicó para multiplicar una versión de sí mismo y de paso recetó una tunda a un equipo encogido que terminó confundiendo el honor con las reyertas de callejón, y que se marchó del Camp Nou desquiciado y humillado a partes iguales.

Cabe decir en favor del visitante que, por momentos, pareció que se adaptaba al partido. Nadie esperaba que el Real Madrid discutiera al anfitrión la posesión de la pelota, porque los blancos son buenos en construcción, pero realmente letales en transición. Perdieron dinamita con la baja inesperada de Higuaín, pero un solo hombre, un nombre apenas no puede servir de excusa para la debacle inesperada de un equipo acostumbrado a ser la cresta del gallo; anoche un espolón. A Benzema aún se le espera.

Aplicados en sus roles, el Barcelona quiso construir y el Madrid se afanó en robar y salir veloces a la contra. Presionó con generosidad y se ayudo hasta el extremo en los primeros compases del partido, pero pronto se cansó de ver pasar hombrecillos con la pelota cosida a la bota. Poco a poco comenzó a sentir en propia piel el madridismo que quizá aquella noche esa tropa de bajitos iba a hacerle pagar los excesos de la previa.

Porque las palabras desafiantes de Cristiano (‘a ver si nos meten ocho el lunes’) o las insinuaciones del fin de ciclo blaugrana no hicieron sino alimentar la fiebre de un equipo que, normalmente, no necesita inflamar su ambición para arrasar. El Barcelona aplicó la receta a la perfección: sutil en la puesta en escena, delicado en la circulación, el equipo de Pep Guardiola añadió a su formidable manera de entender el fútbol una obstinación casi enfermiza por la victoria; henchido su orgullo, deseó más que nunca cada balón, mantuvo las piernas veloces, la cabeza fría y el corazón tan caliente como pudo. La calidad hizo el resto.

Los dos primeros goles llegaron como por ensalmo. El Madrid contestó a sendos bofetones con tímidos saques de esquina o con un disparo de Cristiano desde lejos que fue, a la vez, prólogo y epílogo del testimonio del portugués en la noche catalana. Poco había aparecido hasta entonces, y desde entonces nada más se supo de él. Sólo cuando las tánganas incendiaron el partido, el Real Madrid se sintió capaz. Como no funcionaba en lo corriente, el conjunto blanco buscó comodidad en la circunstancia, deseando que el aumento de revoluciones congestionara el motor blaugrana y acabara por colapsarlo. Ni por esas. El Barcelona porfió en las disputas pero limpió pronto la mente para concentrarse en el juego. Se tambaleó unos instantes, pero salió indemne porque su rival, ciego por la sangre que le tapaba los ojos, trataba de recomponerse aún en su esquina.

El descanso tampoco aplacó la ambición de los de Pep. Si el primer tiempo fue un ejercicio de superioridad, la segunda mitad fue un baile. Es difícil imaginar qué les dijo Guardiola a sus hombres en el vestuario, porque el Barcelona salió aún más encendido. Quizá bastó con dejar sobre las taquillas un puñado de periódicos recientes; quizá no hubo siquiera espacio para el verbo, porque el cuadro catalán retornó al césped enardecido, febril, ambicioso, tiránico. En dos balones a la espalda David Villa, el que ha costado lo mismo que otros y tampoco marca goles, ajustició a Casillas con suavidad, acercó al Madrid a la humillación. Ni por esas. Tampoco buscó el equipo de Mourinho la excusa del orgullo para agarrarse el partido, y el Barcelona, tocón y juguetón, comenzó un rondo infernal con transiciones rápidas y cortas. Para el Madrid no sólo acercarse en el marcador fue una utopía: hacer una ocasión de gol se convirtió en una entelequia.

Al final, Guardiola compartió el bautismo de raza de los suyos con los chavales que aspiran a heredar el presente en el futuro más cercano. Entre ambos, Bojan y Jeffren, construyeron un quinto gol que evoca batallas pretéritas, encuentros de balanzas claramente desniveladas, carentes de igualdad. Quizá el de ayer también lo fuera.

En un partido negro, el Madrid tuvo tiempo de firmar con un borrón. Sergio Ramos se olvidó del señorío que se presupone al escudo que porta para protagonizar una acción infame, merecedora de sanción interna. Pateó de mala manera a Messi, abofeteó a Puyol y empujó con desdén a Xavi camino del vestuario. Hace tan sólo unas semanas, Luis Suárez mordió a un rival en mitad de un partido. El Ajax le impuso una sanción interna de dos partidos. Una actitud ejemplificante.

Para resumir el partido de ayer, no está de más recurrir a algunos datos. Es esclarecedor conocer, por ejemplo, que Sergio Ramos ya es, junto con Fernando Hierro, el jugador más expulsado en la historia de la Liga en el Real Madrid. Una decena de expulsiones que el de Camas ha acumulado en 175 partidos, algo que a Hierro le llevó más de 400. Otra: desde la década de los 60 no había cinco goles nacionales en un clásico, y lo hicieron entre los dos equipos. Ayer el Barcelona hizo cinco con firma española, tres de ellos de la casa, de la cantera. Siguen en pie, no obstante, otros guarismos: Mourinho nunca ha ganado como visitante en el Camp Nou; Cristiano sigue sin marcarle un gol al Barcelona y Messi nunca ha conseguido marcarle a un equipo entrenado por Mourinho. Estadísticas sin más que habrá que desempolvar dentro de diecinueve partidos, cuando se vuelvan a ver las caras. Para entonces, el Madrid de Mou se parecerá aún más a Mou, será más fuerte. El Barcelona no aspirará a la mejoría, no podrá amplificar su leyenda; deseará seguir siendo él mismo, porque para el Barcelona de ayer no existe una versión mejorada.

Exhibición azulgrana. Fuente: elpais.com